Patrimonio intangible, lo que no se ve, pero nos sostiene. 


 Lilián González Castro.


 Cuando pensamos en el patrimonio cultural de cualquier nación o lugar, solemos pensar en famosos monumentos. Sin embargo, el patrimonio en realidad va más allá de lo tangible, lo podemos encontrar también en nuestro día a día y en todo aquello que no se puede tocar. Es entonces cuando hablamos de “patrimonio intangible”; todo aquello que se reconoce y se vive de generación en generación, de voz en voz y todas aquellas prácticas que reflejan la identidad de los pueblos. 
 Las celebraciones, los bailes y otras manifestaciones culturales, forman parte del patrimonio intangible, y hablar de ello implica hablar de la autonomía y de la capacidad que tienen los pueblos para poder recrear su identidad en su propio tiempo. El patrimonio entonces significa selección, legitimación y en algunas ocasiones la exclusión. 

 En el marco del V Simposio Universitario de Gestión Cultural, el Dr. Luis Gabriel Hernández compartió un ejemplo clave para poder comprender al patrimonio intangible. Mencionó que la fiesta es el corazón de la vida colectiva, pues es el punto de encuentro en el que se entrelaza la religión, trabajo comunitario, música, danza, comida y color. En la fiesta, se renuevan jerarquías, se fortalecen los lazos sociales y se reafirman símbolos de identidad, un lugar en el que se disputa lo sagrado y lo profano, lo comunitario y lo turístico, la tradición y la intervención externa.
 En este terreno, es cuando surgen las tensiones y con ellas, el fenómeno de la folklorización, el cual es el proceso en el que las prácticas culturales se transforman y se adaptan a un mercado; las danzas rituales se transforman en espectáculo, las artesanías en mercancías y los rituales atraen visitantes. 

 El Dr. Luis Gabriel nos invitó a reflexionar haciendo una pregunta “¿Qué perdemos y qué ganamos con este proceso?”. Citando sus palabras: “No todas las transformaciones son negativas, muchas comunidades han logrado reivindicar sus prácticas adaptándolas a los tiempos actuales sin perder su esencia, pues el origen es el mismo, pero la manera de mostrarlo al mundo cambió: una danza que antes se bailaba solamente con huaraches o con pies descalzos, ahora se puede bailar con calzado”, mencionó como ejemplo. Es en este contexto en el que aparece la figura del gestor cultural, cuya tarea es ser un puente entre la tradición y la modernidad, acompañando los procesos de cambio y no congelando las tradiciones como se practicaban desde tiempos inmemorables. Algunos ejemplos son la Guelaguetza o los Pueblos Mágicos, ya que estos empezaron como punto clave de interés turístico y mercantil; demostrando que la cultura se puede convertir en un recurso económico sin perder el núcleo como valor simbólico, pero siempre y cuando se proteja y promueva el patrimonio, nunca explotarlo.

Dr. Luis Gabriel Hernández Valencia



 Una estrategia clave para que el patrimonio cultural intangible no se pierde y no sea sobreexplotado, es educar a las personas acerca de los patrimonios culturales, revisar las normas para preservarlo y conocer el contexto antes de involucrarse. La gestión cultural del siglo XXI debe de coexistir en la igualdad de todas las culturas, nunca con jerarquías; no hay una mejor que otra, sino que cada una es única. Gestionar el patrimonio intangible es administrar la vida misma en su diversidad. En conclusión, el patrimonio cultural intangible no solamente nos ayuda, sino que también nos obliga a cambiar el enfoque de interpretación de la cultura, la memoria y la gestión. Este mundo globalizado que hace que el todo se convierta en uno, la función de la gestión cultural permite que la permanencia de la diversidad siga viva, las comunidades participen, construyan su propio patrimonio y que los cambios inevitables respeten su autonomía. La cultura no es espectáculo, es identidad.

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